Cómo lograr que respeten a tu hijo: la comunicación

Hace unos días me vi en la necesidad de hablar directamente con una de las maestras de mi hija, en secundaria. En breve, la situación era la que sigue: un día, sin comerlo ni beberlo, la estudiante recibió un regaño porque olvidó que tenía que cambiar su lugar con otro chico ya que éste estaba castigado desde antes. No conforme con eso, la maestra en cuestión, le dio un trato sarcástico a la niña y dejó claro que le bajaría dos puntos. Para mí, y para mucha gente, esto es una clara muestra de falta de respeto.

Yo estuve al tanto de la situación cuando la mamá de una compañera del salón me lo comentó, y al preguntarle a mi hija cómo había estado el suceso, pero sobre todo al interrogarla sobre lo que sintió, no pude evitarlo y me enfurecí. Me enojé mucho, sobre todo porque ella se sintió agredida, ya que la amonestación le llovió de manera imprevista e injusta. Cabe mencionar que su carácter es tranquilo por decisión propia, ya que busca no amargar su vida con tal de darle calidad.

¿Pueden imaginar lo que sentí, al verla llorar cuando recordó el momento? ¡Por supuesto que yo quería llorar también, de furia, de impotencia, de incomprensión! Lo único que venía a mí eran las frases “Me las va a pagar, ¿qué voy a hacer?”

No pude evitar esa reacción.escuela_pixoeil

En esos momentos, yo me encontraba redactando unas calaveritas para mis compañeros del trabajo, pero de pronto mi espíritu jocoso se tornó malvado, y pensé, poniendo manos a la obra, en redactar una calaverita especial para la maestra. En mi afán de venganza, pensaba en reproducirla y repartirla a la hora de entrada en la escuela, para que el mundo se enterara de quién era la maestra Fulana de Tal. Cosas como esas me cruzaban por la cabeza, aunque ésta en particular sí fructificó en la redacción de mi texto.

El resto de la tarde seguí pensando qué le iba a decir, cómo me iba a presentar…

Imprimí la breve composición, pero no la fotocopié, así que sólo existió un ejemplar. La verdad, me daba pena volver a leerla porque reflejaba mi defecto: la furia que sentí.

Hablé con mi hija, por supuesto. Le expliqué que seguramente la maestra tenía otras frustraciones en la vida; le dije que teníamos que tratar de comprender que no todo el mundo es feliz porque no todo el mundo ha encontrado los satisfactores que le llenen por dentro el espíritu. Sobre todo, le comenté que ella tenía que sobrellevar a ese tipo de personas en todos los sitios donde se encontrara. Y además, que yo hablaría el día siguiente con la maestra.

Y llegó la mañana. Llegué a la escuela, por separado. Cuando me dijeron cuál era la maestra (yo sólo la conocía a través de la descripción de la niña), quise alcanzarla mientras avanzaba hacia su salón. La saludé y me devolvió el saludo, pero siguió caminando, entonces ya tuve que utilizar otro tono:

–Quiero hablar con usted –dije con firmeza.

–Ah, dígame

–Sólo vengo a decirle que no estoy de acuerdo en el maltrato que dio ayer a mi hija.

–En este momento la llamamos para…

–No, no es necesario sacarla de clase

–Claro que sí, vamos por ella para aclarar…

–Aquí no hay nada qué aclarar. Ya le dije que sólo vengo a manifestar mi desacuerdo con usted por la manera en que la trató ayer. No vengo a sacar a mi hija de su clase porque con eso sólo voy a lograr que vuelva a sentir la angustia que ya usted le provocó una vez. Y quiero decirle que para ella eso es muy costoso, porque no le gusta experimentar el estrés; se cuida mucho de ello. Así que no la vamos a llamar para nada. Quiero también comentarle que cuando lo supe, me enfurecí, y ese enojo me hizo escribir una calavera para usted, y pensé en repartirla pero siendo sincera me avergüenza lo que escribí –dije mostrándole mi hoja tamaño carta– porque estaba muy enojada. Reconozco que me exalté. Así que no la voy a repartir. Otra cosa que pensé fue publicar en algún periódico en línea el suceso, con el nombre completo de usted. Pero fue otra idea producto de la cólera, así que también queda descartado.

–Uno es humano, y como tal a veces hace cosas sin querer. –Ya aquí cambió su actitud defensiva y sacó su libreta, donde hizo alguna anotación.– No le voy a bajar los dos puntos a su hija.

–A mí no me importan los dos puntos, maestra. Sólo quiero que usted sepa que de manera injusta la trató mal, y ese es el origen de mi disgusto. Le repito: no estoy de acuerdo, porque ella no es una persona que busque problemas. Si se merece un regaño, pues adelante pero no un maltrato. Y le digo una cosa: yo también soy maestra.

–Pues entonces me comprenderá, que a veces uno con tantos alumnos que tiene no se fija en lo que les dice…

–¡No! No la comprendo porque yo a mis alumnos los trato con el respeto que se merecen como personas que son.

–Ya le digo, no le voy a bajar los dos puntos. Y además el castigo de ayer no era para ella, sino para el otro chamaco.

–Pues por sancionar a ese otro chamaco hizo pasar un muy mal rato a mi hija. Y ya le digo yo: no me interesan sus dos puntos.

–Qué bueno que ha venido usted a aclarar esta situación. Me da gusto saber que los niños tienen comunicación con sus padres.

Aquí pensé: “¿Qué está diciendo?” Pero contesté otra cosa:

–Sí, maestra. Es todo. Y por cierto, mi hija y yo ya la hemos perdonado. –Creí que era una buena idea decirle esto porque le estaría dando en su pobre doble moral cristiana. (Gancho al hígado, doloroso me imagino). Además, de alguna manera así había sido al hablar mi hija y yo sobre el asunto.

–Así que había usted pensado en publicar el asunto en el periódico… –Advertí cierta tensión ¿o era temor? en este comentario.

–Sí, pero no lo creo necesario. Mucho gusto, maestra. Hasta pronto.

Por supuesto, estuve muy pendiente de preguntar los días siguientes a mi hija si la maestra le había dicho algo, pero no fue así.

La comunicación, a pesar de todos los medios que ha inventado la humanidad para fortalecerla, sigue siendo nuestro punto débil en los ámbitos de nuestros quehaceres.

Los maestros y los padres necesitamos tener una comunicación eficaz con nuestros hijos, cierto, pero también con todos los agentes que tienen un trato directo con los pequeños, lo cual no siempre es posible por el ritmo de la vida cotidiana y las múltiples ocupaciones que se tienen.

Quiero resaltar que un aspecto clave para solucionar este problema fue la sensatez y no actuar a partir de las primeras reacciones que se generaron por la molestia originada en el maltrato. Despejar la mente y lograr la calma siempre son factores que facilitan comunicarnos con los demás.

8 comentarios

  1. Tienes razón cuando dices el dolor y la ira que nos produce que dañen a nuestros hijos, muchos lo hemos sentido y no todos logramos tener la entereza para aguardar que esos sentimientos no dominen nuestras decisiones. Sin duda, la mejor parte de todo esto es lo que has dejado en tu hija, la madre que la escucha, la comprende y la apoya, y, aun cuando ella no lo sepa, la que sabe dominar y actuar humanamente. Saludos!

  2. Muchas gracias por compartirlo, y por buscar la justicia en ese ámbito. Saludos a mi niña!

  3. Manita, excelente esta idea de escribir sobre tantas y tantas cosas que nos suceden en la vida! Te felicito por continuar compartiendo tus reflexiones con los demás y por solidarizarte en tus aprendizajes y experiencias.

  4. Hola Maestra… aún no soy madre, pero en el lugar de hija, puedo decir que mi mamá, cuando estuvo en sus manos hizo lo mismo, por lo cual deja una gran enseñanza, para las futuras generaciones.

    • Aun así tu labor educativa ya es grande, junto con retos importantes. Además, por lo que me has contado tu madre es un importante referente educativo. Felicidades.

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